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No te falta nada.


Te sobra tensión.
Cuando te expones,
no es que no encuentres las palabras.
Es que las buscas desde la prisa.
Desde el querer hacerlo bien.
Desde el esfuerzo.
Y cuanto más aprietas, menos aparece.
No va de llenar más.
Pasa algo antes.
Algo se activa
antes de que pienses nada.
Hay un sentido que escanea el entorno.
No pregunta.
No razona.
No espera.
Si algo ahí fuera —o dentro— huele a amenaza,
el cuerpo reacciona.
Aparece la tensión.
Y entonces llega la mente
intentando quitar esa sensación.
Y ahí empieza la pelea
Cuando aparece esa incomodidad,
la reacción es automática.
Quitarla.
Controlarla.
Técnicas.
Herramientas.
Estrategias para hacerlo mejor.
A veces alivian.
Pero mantienen la misma lucha.
Y cuando luchas contra esa sensación,
la tensión no se va.
Se queda.
Aquí no hay riesgo.
No tienes que demostrar nada.
Ni hacerlo bien.
Ni exponerte más de lo que quieras.
Cuando sueltas lo que esperan de ti,
el cuerpo deja de defenderse.
Y desde ahí,
empieza a sentirse distinto.
Ese espacio se llama ORIGEN.
Un lugar donde exponerte
deja de ser una amenaza
y vuelve a ser algo natural.
Me lo dijo una amiga
después de una presentación.
Y tenía razón.
Yo sabía de lo que hablaba.
Pero algo en mí estaba tenso.
No estaba ahí del todo.




